Cirugía robótica en el cáncer de recto: tratamiento personalizado y precisión quirúrgica

Ante un diagnóstico de cáncer de recto, conocer las posibilidades de tratamiento ayuda a comprender las decisiones que vendrán después. ¿Será necesario operar? ¿En qué circunstancias es posible conservar el recto? ¿Puede realizarse la intervención mediante cirugía robótica?
El Prof. Julio García Aguilar, responsable de la Unidad de Tumores Digestivos de Cirugía Oncológica del Hospital Memorial Publio Cordón, ha centrado buena parte de su actividad clínica e investigadora en la evolución del tratamiento quirúrgico del cáncer de recto, desde la cirugía mínimamente invasiva y robótica hasta las estrategias de preservación de órgano.
Como explica el especialista, la tecnología es solo una de las decisiones que forman parte del tratamiento: «Cuando un paciente recibe un diagnóstico de cáncer de recto, es comprensible que pregunte si puede operarse con robot. Para responderle, antes debemos conocer bien el tumor y determinar qué tratamiento necesita, si requiere cirugía y cuál es el momento adecuado para realizarla».
Esa valoración inicial permite situar cada técnica dentro de una estrategia más amplia y adaptada a las características de la enfermedad y del paciente.
Por qué la cirugía del recto exige especial precisión
El recto es la parte final del intestino grueso y se encuentra en el interior de la pelvis. En este espacio relativamente estrecho conviven distintos órganos y discurren nervios relacionados con las funciones urinaria y sexual. Cuando el tumor está muy próximo al ano, también debe valorarse su relación con los esfínteres, los músculos que ayudan a controlar la salida de las heces.
La intervención puede requerir la extirpación del segmento de recto afectado junto con el mesorrecto, el tejido graso que lo rodea y contiene vasos sanguíneos y ganglios linfáticos. En determinados tumores, especialmente del recto medio y bajo, se realiza una escisión total del mesorrecto: la retirada de este tejido siguiendo sus límites anatómicos. El objetivo es obtener márgenes libres de tumor, es decir, que los bordes de los tejidos extraídos no contengan células cancerosas.
Esta proximidad entre el tumor y estructuras importantes para la vida cotidiana explica la exigencia de la operación. Además de tratar el cáncer, la planificación debe considerar cómo preservar, siempre que sea posible, las funciones intestinal, urinaria y sexual.
Por eso, como destaca el profesor García Aguilar, la precisión quirúrgica tiene una dimensión que va más allá de la propia extirpación del tumor: «En la cirugía del recto tenemos que considerar siempre esas dos dimensiones. El primer objetivo es tratar adecuadamente el cáncer, pero también debemos intentar preservar, siempre que sea posible, estructuras que condicionan funciones importantes para la vida cotidiana del paciente».
Es precisamente en una anatomía de estas características donde determinadas prestaciones de la cirugía robótica pueden resultar especialmente útiles.
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La Unidad de Tumores Digestivos del Hospital Memorial Publio Cordón ofrece valoración especializada de los tumores colorrectales y de las distintas opciones de tratamiento, incluida la cirugía mínimamente invasiva y robótica.
Qué aporta la cirugía robótica
En una intervención robótica, el cirujano controla los instrumentos desde una consola; la plataforma no actúa de forma autónoma. Los movimientos del cirujano se transmiten a los instrumentos introducidos en el organismo a través de pequeñas incisiones.
El sistema proporciona una imagen tridimensional ampliada y dispone de instrumentos articulados que pueden orientarse en diferentes direcciones. Estas características ayudan a trabajar en profundidad y a realizar movimientos precisos en zonas donde el espacio disponible es limitado, como sucede alrededor del recto.
García Aguilar resume la utilidad de estas herramientas poniendo, al mismo tiempo, el énfasis en la experiencia del equipo: «La plataforma robótica puede facilitarnos algunos de los pasos más delicados de la operación. Su utilización exige un conocimiento preciso de la anatomía, formación específica y experiencia: la tecnología y la preparación del equipo deben avanzar juntas».
La experiencia no es un aspecto secundario. El aprendizaje de estas técnicas también ha formado parte de la investigación del especialista. El profesor García Aguilar es coautor de un estudio sobre la curva de aprendizaje de la cirugía rectal robótica, publicado en Surgical Endoscopy, que analizó la evolución de la experiencia quirúrgica durante una serie de intervenciones.
Conviene distinguir, además, entre la forma de acceder al organismo y la operación que se realiza en su interior. Una intervención mínimamente invasiva debe seguir siendo una cirugía oncológica eficaz. Las pequeñas incisiones no modifican la necesidad de extirpar adecuadamente la enfermedad ni eliminan los riesgos propios del procedimiento.

Distintas opciones quirúrgicas para un tratamiento individualizado
La cirugía abierta, la laparoscopia y la cirugía robótica forman parte de las opciones disponibles para tratar el cáncer de recto. La elección se apoya en las características del tumor, la anatomía del paciente, su situación clínica y el procedimiento que sea necesario realizar.
Más que el nombre de la técnica, lo relevante para el paciente es comprender qué intervención necesita y por qué se propone. En este sentido, el profesor García Aguilar subraya la importancia de explicar también las consecuencias funcionales y la recuperación esperable: «Cuando proponemos una intervención, debemos explicar al paciente qué necesitamos extirpar, qué posibilidades existen de preservar la función y cómo puede ser la recuperación. Comprender estos aspectos le ayuda a entender por qué recomendamos una determinada operación, más allá del nombre de la técnica».
La investigación clínica aporta información para orientar esas decisiones. El ensayo REAL, publicado en JAMA en 2025, estudió los resultados de la cirugía robótica y laparoscópica en pacientes con tumores del recto medio y bajo. Además del control del cáncer y la supervivencia, evaluó las funciones urinaria, sexual e intestinal después de la intervención.
Este tipo de estudios amplía la manera de valorar los resultados de una cirugía: no solo importa controlar la enfermedad, sino también conocer sus posibles consecuencias sobre la vida posterior del paciente. La evidencia ayuda a tomar decisiones, pero no sustituye la valoración individual de cada caso.
Cómo se planifica el tratamiento del cáncer de recto
La planificación comienza con la confirmación del diagnóstico mediante biopsia y el estudio de la extensión de la enfermedad. La resonancia magnética de la pelvis permite conocer con detalle la relación del tumor con los tejidos próximos y aporta información relevante para decidir el tratamiento.
Algunos pacientes pueden ser operados inicialmente. En otros casos se administra antes quimioterapia, radioterapia o una combinación de ambas. Según la situación, estos tratamientos buscan reducir el tumor, facilitar su tratamiento local y disminuir el riesgo de recaída.
Pero la planificación no termina cuando se inicia el tratamiento. La respuesta obtenida aporta nueva información y puede modificar las decisiones posteriores. Como explica García Aguilar: «La respuesta al tratamiento también nos proporciona información. Al finalizarlo, debemos volver a explorar al paciente y estudiar las imágenes para saber qué ha cambiado. Esa nueva valoración puede influir en la intervención que proponemos y, en determinados casos, abrir la posibilidad de conservar el recto».
De este modo, el plan terapéutico puede ir adaptándose a la evolución de la enfermedad.
Las decisiones se construyen con la participación de las especialidades implicadas. En el Hospital Memorial Publio Cordón, la valoración de los tumores digestivos incorpora la planificación multidisciplinar y tiene en cuenta tanto la extensión de la enfermedad como las características del tumor y las alternativas terapéuticas disponibles.
La preservación del recto, una opción para determinados pacientes
Después del tratamiento previo a la cirugía, algunos tumores presentan una respuesta especialmente favorable. Cuando la exploración clínica, la endoscopia y las pruebas de imagen no encuentran signos detectables de tumor, se habla de respuesta clínica completa.
Este resultado puede permitir considerar una estrategia de preservación del recto en pacientes cuidadosamente seleccionados.
La estrategia, conocida como watch and wait o vigilancia activa, consiste en evitar inicialmente la extirpación del recto y mantener un seguimiento especializado. No detectar tumor en las exploraciones no permite asegurar que haya desaparecido toda célula cancerosa; por ello, la vigilancia es una condición esencial de este enfoque.
La contribución científica del profesor García Aguilar resulta especialmente relevante en este ámbito. Fue el primer autor de la publicación inicial del ensayo OPRA sobre preservación de órgano, aparecida en Journal of Clinical Oncology en 2022. El estudio investigó distintas secuencias de quimioterapia y radioterapia antes de valorar la necesidad de cirugía en pacientes con cáncer de recto localmente avanzado.
Los resultados a largo plazo del ensayo OPRA mostraron que una proporción importante de los participantes puede preservar el recto. En el grupo que recibió primero quimioterapia y radioterapia combinadas, seguidas de más quimioterapia, la tasa estimada de pacientes sin necesidad de una escisión total del mesorrecto a los cinco años fue del 54 %.
Este dato corresponde a una estrategia concreta dentro del estudio y no puede trasladarse como una expectativa individual a todas las personas con cáncer de recto. Sí demuestra, sin embargo, por qué la respuesta al tratamiento ha adquirido un papel cada vez más importante en la toma de decisiones.
Como señala García Aguilar, el cambio consiste en incorporar la posibilidad de preservar el órgano sin perder de vista las exigencias del tratamiento oncológico: «Uno de los grandes cambios en cáncer de recto es que hoy no pensamos únicamente en cómo extirpar mejor el tumor. También intentamos identificar a aquellos pacientes en los que, después de una excelente respuesta a la radioterapia y quimioterapia, podemos preservar el recto. Pero eso exige una selección muy rigurosa y una vigilancia igualmente rigurosa».
Un seguimiento que forma parte del tratamiento
La vigilancia activa requiere exploraciones clínicas, endoscopias y pruebas de imagen periódicas. Su finalidad es detectar lo antes posible un eventual recrecimiento del tumor y valorar la intervención necesaria. No consiste en posponer una decisión sin controles, sino en seguir un programa asistencial estructurado.
El seguimiento de OPRA mostró que la gran mayoría de los recrecimientos locales se produjo durante los primeros años, especialmente en los dos primeros. Este hallazgo explica la intensidad de los controles en esa etapa.
El profesor insiste precisamente en que, cuando se opta por preservar el recto, la vigilancia no es un elemento complementario, sino parte del propio tratamiento: «La preservación del recto requiere valorar con mucho cuidado la respuesta al tratamiento y explicar al paciente qué implica el seguimiento. Cuando esta opción es adecuada, la vigilancia pasa a ser una parte esencial de la atención, con controles programados y la posibilidad de intervenir si vuelve a detectarse enfermedad».
La respuesta obtenida, la posibilidad de cumplir el programa de seguimiento y las preferencias del paciente forman parte de la valoración. Cuando no se reúnen las condiciones necesarias para preservar el órgano, la cirugía continúa formando parte del tratamiento indicado.
Un plan de tratamiento adaptado a cada persona
La cirugía robótica y las estrategias de preservación del recto responden a necesidades distintas dentro del tratamiento de una misma enfermedad. La primera puede facilitar determinadas intervenciones; las segundas permiten considerar, en pacientes seleccionados, una alternativa a la extirpación inmediata del órgano.
Ambas forman parte de una evolución más amplia: conocer mejor el tumor y las posibilidades terapéuticas para ajustar el tratamiento a cada persona.
Para el paciente, esa valoración debe traducirse en una explicación comprensible: qué tratamiento se recomienda, qué se espera conseguir, cuáles son sus riesgos y cómo se organizarán la recuperación y el seguimiento.
El profesor García Aguilar resume esta forma de entender el tratamiento del cáncer de recto: «Nuestro objetivo es que cada paciente reciba el tratamiento que necesita, cuidando tanto el control de la enfermedad como su calidad de vida. La tecnología y la investigación tienen sentido cuando nos ayudan a responder a esas necesidades».
Información sobre este contenido
Este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye una valoración médica individual. La información se ha elaborado a partir de fuentes científicas y de la experiencia clínica del especialista, con el objetivo de facilitar la comprensión del diagnóstico y de las distintas opciones de tratamiento.
Cada caso debe valorarse de forma personalizada por un equipo médico especializado, teniendo en cuenta las características del paciente y de la enfermedad.
La información contenida en este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye una valoración médica individualizada.


